04 septiembre 2010

Lo que distingue a Siega Verde

Publicado en Norte de Castilla
Germán Delibes de Castro

En las últimas semanas, desde primeros de agosto de este año, el conjunto de arte rupestre prehistórico de Siega Verde, casi un desconocido para el gran público, ha saltado a los titulares de todos los medios de comunicación tras haber sido declarado Patrimonio Mundial por parte de un comité de la UNESCO reunido en Brasilia. Es un reconocimiento de indudable importancia, que comparte por ejemplo con Altamira o Atapuerca y que quizás haya sorprendido a quienes alguna vez han visitado el yacimiento, ya que los grabados que se distribuyen por la orilla izquierda del río Águeda, en la localidad de Villar de Argañán (Salamanca), no se caracterizan precisamente por una gran espectacularidad. De hecho, sin la ayuda de un guía o de un experto y a falta de luz apropiada, cuesta trabajo ver las siluetas incisas y piqueteadas de los centenares de caballos, toros salvajes, cabras y ciervos que desde hace más o menos veinte mil años pueblan discretamente las pulidas losas de pizarra silícea del fondo del valle, de forma muy especial en las inmediaciones del puente de Siega Verde.

Los grabados fueron descubiertos hace poco más de veinte años por el director del Museo de Salamanca, Manuel Santonja, y la UNESCO, al incluirlos en su prestigiosa lista, ha querido precisar que se trata de una «extensión» de otro conjunto de «sitios de arte rupestre prehistórico del Valle del Côa (Portugal)», muy próximo, el cual ya había obtenido la designación de patrimonio mundial en 1998.

En contra de algunas voces escépticas que en los años 90 dudaban de la antigüedad de estas grafías, hoy puede afirmarse con rotundidad, apelando a ciertas particularidades técnicas (el empleo de grabado fino múltiple y de piqueteado), a determinadas convenciones estilísticas (los vientres pronunciados, las cabezas pequeñas y las crines en escalera de los caballos) o a la representación de animales típicos de época glaciar (renos, rinocerontes lanudos, bisontes), que se trata de manifestaciones artísticas del Paleolítico Superior. Un arte, pues, de la época de las pinturas de Altamira, como han confirmado recientemente unas dataciones de termoluminiscencia que sitúan la realización de los grabados de uno de los paneles del Côa, aquel de Fariseu, entre 18.500 y 11.000 años antes del presente.

Tales argumentos, que avalan la antigüedad y la importancia del yacimiento de Siega Verde, no lo han sido todo sin embargo para su inclusión en la lista del Comité del Patrimonio Mundial. Saber grabados aquellos animales por la mano experta de un Homo sapiens primitivo que, hace muchos miles de años, se estrenaba en el terreno de la representación artística y en el desarrollo de los símbolos constituye un mérito insoslayable pero un mérito que, es preciso recordar, Siega Verde comparte con centenares de yacimientos del suroeste de Europa encabezados naturalmente por Altamira, Tito Bustillo, Lascaux o Niaux. ¿Cuál es el valor añadido, entonces, de Siega Verde y Foz Côa? ¿Por qué esta distinción que no han merecido la totalidad de los conjuntos de parecida época? Por algo tan sencillo como la originalidad del emplazamiento y del soporte del objeto artístico.

El Arte Paleolítico o de la Edad del Hielo es también conocido como Arte de las Cavernas. Algo comprensible porque se descubrió por vez primera en la de Altamira, porque obtuvo respaldo para su autenticidad en las grutas francesas de La Mouthe, Combarelles y Fonte de Gaume, y porque es difícil pasar por alto que la práctica totalidad de los descubrimientos posteriores ha tenido como escenario el interior de cuevas. Se trata de un hecho tan sistemático -la localización de las representaciones en las zonas más oscuras de éstas, que obligaba a pintar y grabar a la luz de lámparas alimentadas con tuétano- que el Abate Breuil, «el Papa de la Prehistoria», lo consideró decisivo para asignar a aquel primer arte una dimensión religiosa: frente a los vestíbulos de las cavernas, utilizados con fines domésticos, los cazadores paleolíticos habían reservado los más rincones más oscuros, más misteriosos y más proclives al recogimiento como áreas sacras en las que se escenificaba el culto al servicio de una religión que tenía en los animales sus principales iconos. Aquello sería determinante para que a partir de entonces se aplicara casi universalmente el término «santuario» a cualquier yacimiento con arte de esta época o para que a Altamira y a Lascaux se les agasajara con el título de 'Capilla Sixtina del arte paleolítico'.

La singularidad de los yacimientos de Siega Verde y de Foz Côa, extensiva a Domingo García, en Segovia, estriba en que revisten la insólita condición de «santuarios al aire libre». En ausencia de cuevas que pudieran haberse utilizado con fines religiosos (=artísticos), de las que no faltan ejemplos en la propia Meseta caso de Ojo Guareña (Burgos) o de La Griega (Segovia), las bandas de cazadores de fines del Paleolítico que frecuentaban estas tierras optaron por la única solución posible: grabar las figuras en roquedos exteriores y dotar a su entorno del aura de respeto y misterio que hasta ahora se había atribuido en exclusiva a los espacios subterráneos.

La declaración como Patrimonio Mundial de Siega Verde es una agradable noticia, pero no una casualidad porque hay mucho trabajo detrás de ello. Con el apoyo de la Consejería de Cultura de la Junta, los profesores Balbín y Alcolea han llevado a cabo investigaciones en el yacimiento a lo largo de una década, las cuales han tenido como fruto una preciosa monografía y las actas de un muy jaleado congreso internacional. Y también a la administración regional se debe la creación junto al puente de Siega Verde de un aula de interpretación que acoge al visitante, le instruye en la época de los grabados y le facilita un servicio de guía. Todo está muy bien, pero la nueva designación exige renovar esfuerzos y la administración deberá ir pensando en extender la investigación al entorno del yacimiento (algo ya hecho con enorme éxito en Foz Côa) y en mejorar las condiciones de visita de un excepcional santuario paleolítico al aire libre al que también este mismo año el Consejo de Europa ha tenido a bien distinguir, como Itinerario Cultural, entre sus «Caminos de Arte Rupestre Prehistórico».

La imagen procede del blog Patrimonio de Castilla y León